Bajando hacia la playa el camino serpenteaba y se estrechaba.
Alargó el brazo para apartar la rama que, peligrosamente cerca,
amenazaba con arañarle la cara.
La rama, en su movimiento inducido, despertó a la mariposa que inició el vuelo perezosamente,
y al volver bruscamente a su posición natural golpeó su hombro,
arañándolo y provocando que una microscópica gota de sangre saltara al aire
y movida por él comenzase un lento descenso.
Desnuda en la orilla de aquella pequeña playa,
sentada admirando el mar del Sur y adormecida por su vaivén,
observaba a una mariposa posada en una de las rocas agujereadas por la erosión.
Admirando la blancura inmaculada de sus alas sólo rota por una pequeña mancha roja como la sangre.
-Que caprichosa es la naturaleza – pensó.
La ola rompió en la roca espantando a la mariposa
y mojando su cuerpo con agua salada que inmediatamente curó y borró para siempre la señal del arañazo en su hombro ,
y con él toda evidencia de lo acontecido.


