LA PARED

Pasaban las horas vacías y neutras, muertas, mientras miraba cada momento y en gestos automáticos el reloj que colgaba de la pared.

Había colocado , junto a él, cuadros de paisajes que evocaban lugares de ensueño, casi oníricos – nada más lejos de su realidad actual- y fotos de sus seres queridos junto a otras de personas que le habían parecido importantes y que ahora, dentro de ese sentimiento de nostalgia y añoranza real, se le aparecían como seres realmente prescindibles.

No recordaba el tiempo que llevaba sentada en aquella posición, con la mirada fija en el mismo lugar, cuando se abrió lentamente, de forma imperceptible, al principio, una pequeña grieta que se fue convirtiendo en un agujero.

Se frotó los ojos pensando que su vista cansada le jugaba una mala pasada, los cerró y abrió para constatar que ahí seguía, cada vez más grande , entre la foto de la boda de su hermana, en la que aparecía con la protagonista de la unión y sus dos hermanos mayores, y el reloj, que seguía marcando los segundos con aquel sonido de metrónomo.

Se acercó al agujero calculando que sería posible pasar a través de él, aunque había engordado un poco durante el obligado encierro, y fantaseó con lo que podría estar esperándola al otro lado.

¿Por qué razón aquella pared le regalaba un agujero en tal situación de hastío si no fuese para invitarla a entrar? Se preguntó y se contestó al mismo tiempo ; – claro y seguro que ahora aparece un conejo con reloj y salta dentro del agujero, Alicia.-

No apareció el animal pero no hubo forma humana de frenar la curiosidad infantil, mucho tiempo atrás perdida, que se apoderó de ella y que, venciendo al miedo, la llevó al otro lado de la pared.

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